¿Cuál es el punto?
Que yo me siento igual.
Que ninguna comida me hace más feliz que un par de pupusitas de Olocuilta, que cuando esté viejita quiero ir a pasar mis últimos días a Santa Ana, que canto el himno nacional a todo pulmón cuando es necesario, y que lo canto con todo y las otras estrofas que no todo el mundo conoce, que detesto TCS pero me eché todo Bailando por un Sueño.Pero a fin de cuentas, ¿qué es lo que me hace ser tan, igual, o más salvadoreña que los otros cinco millones coma algo de habitantes (con aproximadamente un millón en el extranjero)?
La respuesta es triste, pero también es lógica.
Leí el catecismo y leí el Popol Vuh, y ninguno me convenció (La Biblia FTW). Respeto los ideales por los que se peleó la guerra civil y a los mártires que murieron luchándola, pero aun así quiero que terminen las repercusiones de ese episodio. Detesto que se metan en mis asuntos, pero jamás he matado a una persona. Aprecio el trabajo duro y la taza de café para reactivar mmis sentidos a eso de las ocho y media, pero quizá no tenga lo necesario para ser guanaca (una nota: el uso de esta palabra no me ofende en lo absoluto, y me parece genial). Según el censo del 2008, tampoco soy Pipil.
Soy salvadoreña por un sello en mi pasaporte, en mi partida de nacimiento, y en mi DUI.
¿Esto me hace feliz? Pues no me mata de regocijo, pero en peores situaciones me he encontrado. Total, cuando me vaya a dormir en un par de horas, no voy a ser ni mitad pipil mitad lenca mitad criolla, ni guanaca exhaustiva, ni guerrillera. Voy a ser otra Karla de tantas, con otro DUI de tantos, pero que al menos sabe que es salvadoreña porque ni modo - pero le encanta.



